Si, quisiera y eso haré. Una buena sesión de agua resbalando por mi cuerpo, el tiempo que sea necesario para que éste entienda que es hora ya de dejar las tensiones y disfrutar del descanso. Cierro entonces la puerta. La de afuera y la de adentro. La de madera y la de alma.
Dar vuelta a la llave de la ducha es siempre un acto que me da grima. Me molesta la frialdad de su tacto. La siento siempre como si atravesara mi carne. Su queja breve, metálica y oxidada al ceder, parece un gemido de averno. Mis oídos la detestan. Pero el instantáneo gotear intenso y espeso del agua que me regala, tiene sobre mí, un efecto contrario. Me hipnotiza y mientras lo disfruto, ya comienzo a sentir el cambio de ritmo en mi respiración.
Concentrada en el caer estrepitoso del agua que salpica las paredes de la puerta traslúcida de la ducha, me observo en el espejo. Me miro a los ojos y sin despegar de ellos la mirada, comienzo el ritual parsimonioso de despojarme de todo cuanto me cubre y desvestirme el cansancio.
El agua sigue cayendo y sus vapores comienzan a hacerse espacio entre esas cuatro paredes, envolviendo lo que yo desenvuelvo con mis manos. Abrigando lo que yo descubro bajo mis ropas, acariciando y apoderándose de mí en cada roce, hasta que se condensa en mi piel y la humedece.
Respiro profundo. Libero mi cabello y disfruto con los ojos cerrados el dulce salpicar de cada hebra que vuelve a caer sobre mis hombros desparramándose en mi espalda.
Camino descalza. Siempre despacio. Es momento de hacerlo todo despacio. Y, traspasando la puerta que vuelvo a cerrar tras de mí, me sumerjo poco bajo la cascada de agua tibia que ya me envolvía en sus vapores. Cierro los ojos y sólo escucho su canción de cascada y de lluvia. La escucho y la siento.
Mis manos, recorren mi cabello para hundirlo en su precipitar incesante. Mis manos, deslizan mi cabello hacia mi espalda. Mis manos, se posan en mi cuello. Mis manos sienten el pulso de mis venas. Ese pulso de torrente indetenible que se desboca frente a las sensaciones divinas que me procuro a placer. El agua, tocándome toda, es una de ellas y mis manos, mi cuerpo, mi piel entera, se funden con su temperatura.
Así, deslizo mis manos siguiendo las huellas del agua. Persigo con ellas todos los deltas y arroyuelos que ella va dibujando, transparentes, sobre mi piel, erosionando mi cansancio. Desgastando la alteración de mis nervios y sumiéndome en el letargo exquisito de rendirme a merced de las sensaciones, mismas que continúan persiguiendo mis manos. Donde el agua me toca, me toco. Donde ella me acaricia, me acaricio. Más donde ella es incapaz de detenerse, yo me detengo y tiemblo.
De pronto, tiemblo, si. Tiemblo de deseo. Tiemblo de placer lúbrico e intemperante. Ganas de volar. Ganas de convertir mis manos en miles que me recorran al mismo tiempo, toda, completamente toda, incesantemente toda. Cada gota de agua, una piel distinta a la mía. Mi respiración se agita. Las cuatro paredes, se ensanchan. Aquel mundillo se vuelve universo. Mis piernas tiemblan y mi cuerpo desmaya apoyándose de la pared helada que recibe mi calor y lo absorbe en instantes. Mis manos me recorren y mi pecho me aprisiona el corazón en un intento lascivo por respirar en el espacio en el que él necesita para latir. Mis manos me recorren. Mis senos se encumbran y endurecen, se afirman y enardecen. Cada roce ligero de agua que antes pudo recorrerme inadvertido, ahora me estremece.
Me aferro a mi misma. Me abrazo a mi misma. Me sostengo del mundo, apretada a mi misma y mis dedos entumecidos se clavan en mi carne. Sin compasión, sin piedad, sin freno ni clemencia, mis dedos me tocan, me acarician y remueven el centro de mi universo hasta despegarme los pies del piso, hasta que no puedo cerrar más los ojos y desvarían en mi mente las imágenes indescriptibles de mis voluptuosidades y pasiones, de mis sueños inconfesables, de mis verdades más carnales. Mis pies ya no tocan la tierra. Mi espalda ya no siente la piedra helada que la soporta. Mi respiración es imperceptible. Mi corazón detiene su solemne avance y yo me estremezco. Tiemblo. Incontrolablemente. Me arrastra mi propia fuerza. El estertor de mis propias ansias. Los latigazos de mi propio cuerpo llevado por la vorágine de las sensaciones más intensas que haya experimentado antes, hasta que mi vuelo alcanzó el grado de inconsciencia y mis labios, no pudieron contener más el gemido que mordía mi boca, mientras caía despacio a un vacío infinito de luces, de oscuridad, de filosas piedras, de aguas tibias y finalmente, escurriéndome en la losa de aquella pared, aún temblando y recobrando conciencia de mi, nuevamente, comprendí que mi cuerpo había sido para mí el más desconocido de mis mejores amantes… hasta esa noche.
Hoy, es el más fiel y el único que puede jurarme amor eterno.








