Mujer de Polvo











{Abril 27, 2007}   Eureka!

Una noche más. Llegó como todas, con un atropellado atardecer y un sin fin de tareas para guardar porque hoy no me provoca ya, hacer más nada. Me vence el cansancio. Me vence el sueño. Pero el ajetreado día que acaba de culminar me tiene alterada. Quisiera…

Si, quisiera y eso haré. Una buena sesión de agua resbalando por mi cuerpo, el tiempo que sea necesario para que éste entienda que es hora ya de dejar las tensiones y disfrutar del descanso. Cierro entonces la puerta. La de afuera y la de adentro. La de madera y la de alma.

Dar vuelta a la llave de la ducha es siempre un acto que me da grima. Me molesta la frialdad de su tacto. La siento siempre como si atravesara mi carne. Su queja breve, metálica y oxidada al ceder, parece un gemido de averno. Mis oídos la detestan. Pero el instantáneo gotear intenso y espeso del agua que me regala, tiene sobre mí, un efecto contrario. Me hipnotiza y mientras lo disfruto, ya comienzo a sentir el cambio de ritmo en mi respiración.

Concentrada en el caer estrepitoso del agua que salpica las paredes de la puerta traslúcida de la ducha, me observo en el espejo. Me miro a los ojos y sin despegar de ellos la mirada, comienzo el ritual parsimonioso de despojarme de todo cuanto me cubre y desvestirme el cansancio.

El agua sigue cayendo y sus vapores comienzan a hacerse espacio entre esas cuatro paredes, envolviendo lo que yo desenvuelvo con mis manos. Abrigando lo que yo descubro bajo mis ropas, acariciando y apoderándose de mí en cada roce, hasta que se condensa en mi piel y la humedece.

Respiro profundo. Libero mi cabello y disfruto con los ojos cerrados el dulce salpicar de cada hebra que vuelve a caer sobre mis hombros desparramándose en mi espalda.

Camino descalza. Siempre despacio. Es momento de hacerlo todo despacio. Y, traspasando la puerta que vuelvo a cerrar tras de mí, me sumerjo poco bajo la cascada de agua tibia que ya me envolvía en sus vapores. Cierro los ojos y sólo escucho su canción de cascada y de lluvia. La escucho y la siento.

Mis manos, recorren mi cabello para hundirlo en su precipitar incesante. Mis manos, deslizan mi cabello hacia mi espalda. Mis manos, se posan en mi cuello. Mis manos sienten el pulso de mis venas. Ese pulso de torrente indetenible que se desboca frente a las sensaciones divinas que me procuro a placer. El agua, tocándome toda, es una de ellas y mis manos, mi cuerpo, mi piel entera, se funden con su temperatura.

Así, deslizo mis manos siguiendo las huellas del agua. Persigo con ellas todos los deltas y arroyuelos que ella va dibujando, transparentes, sobre mi piel, erosionando mi cansancio. Desgastando la alteración de mis nervios y sumiéndome en el letargo exquisito de rendirme a merced de las sensaciones, mismas que continúan persiguiendo mis manos. Donde el agua me toca, me toco. Donde ella me acaricia, me acaricio. Más donde ella es incapaz de detenerse, yo me detengo y tiemblo.

De pronto, tiemblo, si. Tiemblo de deseo. Tiemblo de placer lúbrico e intemperante. Ganas de volar. Ganas de convertir mis manos en miles que me recorran al mismo tiempo, toda, completamente toda, incesantemente toda. Cada gota de agua, una piel distinta a la mía. Mi respiración se agita. Las cuatro paredes, se ensanchan. Aquel mundillo se vuelve universo. Mis piernas tiemblan y mi cuerpo desmaya apoyándose de la pared helada que recibe mi calor y lo absorbe en instantes. Mis manos me recorren y mi pecho me aprisiona el corazón en un intento lascivo por respirar en el espacio en el que él necesita para latir. Mis manos me recorren. Mis senos se encumbran y endurecen, se afirman y enardecen. Cada roce ligero de agua que antes pudo recorrerme inadvertido, ahora me estremece.

Me aferro a mi misma. Me abrazo a mi misma. Me sostengo del mundo, apretada a mi misma y mis dedos entumecidos se clavan en mi carne. Sin compasión, sin piedad, sin freno ni clemencia, mis dedos me tocan, me acarician y remueven el centro de mi universo hasta despegarme los pies del piso, hasta que no puedo cerrar más los ojos y desvarían en mi mente las imágenes indescriptibles de mis voluptuosidades y pasiones, de mis sueños inconfesables, de mis verdades más carnales. Mis pies ya no tocan la tierra. Mi espalda ya no siente la piedra helada que la soporta. Mi respiración es imperceptible. Mi corazón detiene su solemne avance y yo me estremezco. Tiemblo. Incontrolablemente. Me arrastra mi propia fuerza. El estertor de mis propias ansias. Los latigazos de mi propio cuerpo llevado por la vorágine de las sensaciones más intensas que haya experimentado antes, hasta que mi vuelo alcanzó el grado de inconsciencia y mis labios, no pudieron contener más el gemido que mordía mi boca, mientras caía despacio a un vacío infinito de luces, de oscuridad, de filosas piedras, de aguas tibias y finalmente, escurriéndome en la losa de aquella pared, aún temblando y recobrando conciencia de mi, nuevamente, comprendí que mi cuerpo había sido para mí el más desconocido de mis mejores amantes… hasta esa noche.

Hoy, es el más fiel y el único que puede jurarme amor eterno.



{Noviembre 24, 2006}   La noche y el mar

Era el cumpleaños de Alexandra. No nos podíamos ver ni en pintura. Sencillamente nos detestábamos. Pero Carlos iría sin duda a esa fiesta y yo tenía que estar allí. Habíamos terminado unos dos meses antes. Él había comenzado a salir con Yule. Yo, había accedido a darle “su tiempo” pero no a quedarme sin sus caricias y sus besos asfixiantes, así que este fue el trato: – Bien. Sal con quieras. Yo haré lo mismo. Pero lo que hay entre tú y yo no puede romperse así. Somos demasiado iguales. Amigos con derecho?… – Trato hecho!

Me gané la confianza de Yule. Al enemigo es mejor tenerlo cerca. La convencí de hacer que Alexandra me invitara y llegué alrededor de las 8:30pm. Tenía permiso hasta la 1am y también tenía otros planes.

Carlos ya había llegado. Y yo, a cargo de Yule, no los desamparaba aunque apenas cruzara de vez en cuando una mirada con él. Alrededor de una hora después, mis dotes histriónicas florecieron y ante mi repentino “malestar”, Yule le insistía a Carlos que me llevara a casa.

Habíamos, apenas, doblado la esquina y me preguntó:

- Te sientes muy mal?

Yo miraba por la ventana. Me di vuelta. Miré hacia atrás y cuando vi desaparecer la casa de Alexandra, le rodeé el cuello con mis brazos, lo besé sorpresivamente y le susurré en medio de su asombro:

- No. Estoy muy bien. Sólo quería robarte un rato. Vamos donde podamos estar solos.

No podíamos contener cuanto nos atraíamos. Lo que había entre nosotros no lo apagaba otro fuego.

Varamos en una playa solitaria. En el camino le expliqué mi plan. Volveremos inmediatamente. Tú regresarás a la fiesta con Yule y yo me quedaré en casa.

No hubo más que decir y mucho por hacer. Una vez más su lengua apuñalaba mi aliento en un beso infinito que me robaba la respiración mientras sus manos desbocadas me estrechaban y atraían hacia sus fauces. Los vidrios del carro comenzaban a empañarse. La música ya no se oía. En el interior de aquel vehículo, dos cuerpos hirvientes de deseo desafiaban la separación de los asientos delanteros para unirse cada vez más.

Sus manos desordenaban mi ropa, mi cabello, mis sentidos. Las mías lo despojaron pronto de su camisa y luchaban para robarse el perfume de aquella de piel tratando de tatuármelo a fuerzas de caricias. Solo el murmullo de la respiración entrecortada y la percusión de nuestros latidos se oían, cuando de pronto, los jadeos fueron interrumpidos abruptamente y pude respirar mientras trataba de entender por qué dejaba de besarme. Se bajó del carro y casi inmediatamente después, sentí que abría la puerta de mi lado. Se inclinó y atravesó mi garganta con su lengua. Sus manos se posaron en mis tetas traspasando la blusa que llevaba arrastrándome perdida a su merced.

Volvió a levantarse. Me quitó la blusa. Le ayudé zafándome el sostén de donde emergieron erectos de frío y excitación mis pezones de niña mala. Mientras desabrochaba mi pantalón, él hacía lo suyo sin dejar de mirarme y cuando me liberé del mío y quedé completamente desnuda en al asiento de su carro, se abalanzó sobre mí cogiendo con fuerza mis tetas con sus manos gruesas que no dejaban de manosear, apretar y amasar como queriendo moldearlas a su gusto. Bajó una de sus manos y separó mis piernas para hundirse en mi sexo como su lengua se hundía en mi boca y yo me hundía en su vida.

Me masturbaba alternado movimientos suaves y otros más bruscos. No introducía sus dedos, solo frotaba mi pubis, mi clítoris, la humedad de mi sexo que empapaba el cojín del asiento y yo, a merced de sus caricias, apenas jadeaba tratando de respirar con las piernas abiertas, las tetas al aire y sintiendo el frío exquisito de estar expuesta a la noche, vestida solo con el rumor del mar y sus besos de fuego.

Casi estallaba estremecida por aquellas manos cuando volvió a separarse. Terminó de desabrochar su pantalón, me extendió su mano que tomé sin vacilar y me levanté. Caminó hacia la parte anterior del carro. Yo desnuda y excitada hasta la luna de mis entrañas, le seguí.

Se dio vuelta. Se acercó a mí y colocó sus manos en mi cintura. Me miró a los ojos y me dijo: – Está frío. Como pude, balbuceé: – No importa. Me besó profundamente, me alzó y me sentó en el capot. Abrió mis piernas e introdujo su cabeza en ellas zambulléndose en mi sexo. Lamiéndome furioso y violento, se apartó y se subió viniendo sobre mí como poseído por alguna fuerza sobrehumana para penetrarme en un envión que sin duda me perforó hasta el último de los deseos. Me penetraba con furia, una y otra vez, sin piedad, sin control, sin cuidados. Yo me retorcía de placer y dolor al mismo tiempo. Con la espalda helada por el frío del capot y las tetas hirviendo por el calor de su cuerpo. Gemía, jadeaba, decía cosas que no alcanzaba a entender y que ya no me importaban. Sus movimientos cada vez más desenfrenados restregaban sus caderas con mi pubis y mi clítoris a punto de estallar, ardía provocándome corrientazos que me estremecían hasta la médula. Temblaba y él, en el vacío de su excitación, lejos de mí, inundaba mis entrañas con su semen mientras un gemido gutural y lejano le devolvía poco a poco la respiración.

Cayó sobre mí unos instantes. Luego, despacio, se incorporó. Se bajó y me ayudó a levantarme. Me cargó y me ayudó a bajar. Me estrechó y me susurró – Tienes frío?. Vayámonos, esto es peligroso.

Nos subimos al carro. Él lo encendió, se puso su camisa y arrancó mientras encendía la radio. Yo me vestí mientras salíamos a la carretera. Me apoyé en su hombro e hicimos el camino de regreso, tarareando las canciones que nos gustaban y conversando como lo hacíamos siempre. Me dejó en casa y regresó a la fiesta.

- Volviste temprano!
- Si. La fiesta estaba aburrida…



{Septiembre 21, 2006}   El cuarto ocuro
Eran alrededor de las 3 de la tarde. Un calor infernal y seco. Hoy en día no sé que hacía allí, ni como fue que decidí ir. Sin embargo, no tenía miedo, aunque si estaba muy ansiosa.

- Ven. Su mano se extendió y la tomé. Me dejé guiar. Entramos por la parte de atrás. Atravesamos el corredor. El patio interno de las casas viejas sembrado de flores. Al final de aquel corredor una puerta inmensa.

No había ventanas.

La claridad allí dentro, era la que se colaba por la puerta abierta. La misma que se escurría y escapaba completamente cuando ésta se cerraba tras de mi. Mis pupilas tardaron en acostumbrarse. Quizás, porque sin darme cuenta, tenía los ojos cerrados. El corazón me latía tan fuerte que sentía cada golpe de él en mi pecho como alguien golpeando una pared. Mi respiración era leve y forzada. Tratar de hacerlo me cansaba. Pensé por un momento que no lo necesitaría. Estaba allí. De pié. Inmóvil. A mis espaldas, el eco del cerrojo me dictó sentencia y cuando me resigné, temblando, sentí sus manos en mis hombros. Su respiración en mi nuca. Su pecho en mi espalda.

Estaba paralizada. De nervios, pero no de miedo. De ganas. Sentía que ardía y al mismo tiempo un frío extremo me hacía temblar toda.

El olor de aquella oscuridad era una mezcla tenue de su perfume. Quórum y humedad de madera vieja. Pronto, un aroma más se mezclaría con aquellas para resultar en una fragancia que se me grabaría en la memoria para siempre, el olor del sexo.

Sin despegarse de mí ni un milímetro, sus manos bajaron desde mis hombros hasta las mías, acariciándome. Aquellas manos sudadas se entrelazaron con el frío de las mías y sus besos me giraban la instrucción de no moverme. Cuando lo comprendí, me entrelazó con sus brazos y me atrajo hacia sí como si quisiera fundirse conmigo. Dejé de respirar. Me abandoné en aquel asfixiante abrazo desde mi espalda. Sentí un susurro que no alcancé a entender y sus manos comenzaron a acariciarme sin dirección ni fundamento, sin fronteras, sin límites, sin respeto.

Pronto me hubo recorrido toda sobre la ropa y más pronto aún, sentí mi franela fuera del jean. Sentí sus manos que ya no sudaban acariciar mi vientre. Sus caricias forzando el sostén sin quitarlo y luego, metiéndose debajo de él. Sentí mis pezones hirviendo entre aquellos dedos y creí interminables aquellas caricias sin besos. Aquel jadeo en mi nuca. Aquella oscuridad infranqueable que me sorprendía al tratar de abrir los ojos.

Apretada contra él no sentía más que mi cuerpo cediendo. No necesitaba más. Lo deseaba tanto! Una mano de pronto se alejó de mi pecho y se posó en mi cuello para hacerlo girar casi de forma anti-natura. Sus labios alcanzaron la comisura de mi boca y me condenó, como Judas, aquella lengua húmeda que me hipnotizó para que no advirtiera la otra mano taladrando mi pantalón, para finalmente incendiar mi sexo con la primera caricia ajena.

Aquellos dedos frotaban, acariciaban, tocaban. Expertos de ida y de venida. Parecían uno, dos, cien. Me estremecían. Me hacían temblar. Vibraban. Aquellos dedos me acariciaban, me tocaban, se restregaban con fuerza y luego con lentitud y suavidad. Aquellos me hacían agua. Me penetraban cada vez un poco más. De uno en uno. De dos en dos y me hacían desear que fueran cien.

Provocada mi humedad al extremo y exasperadas mis ganas hasta el límite donde no sabía ya ni dónde estaba, ni con quién, ni qué hacía, sus manos se posaron súbitamente en mis hombros. Se inclinó sobre más sobre mi espalda obligando a curvarme hacia adelante. Con el peso de su cuerpo y sin mediar palabras me guió dónde apoyarme. Se irguió dejando una de sus palmas quemándome la espalda como señal de que no me moviera. Un segundo después no la sentí más. El trueno metálico de la hebilla de su correa rasgó el silencio seguido del estruendo violento y fugaz del cierre de su pantalón. Mi corazón se detuvo. Parece que transcurrían horas. Sus manos, diestras y rápidas bajaron mis jeans con una facilidad que ya desearía yo tener y me tomó de la cintura. Dejé de respirar. Creo que sus manos quedaron marcadas allí para siempre al rojo vivo quemando mi carne. Sentí su sexo, su calor y el sudor de sus manos en mi cuerpo, que de pronto, se volvió a cubrir de un frío intenso. Me aferré a la sábana con todas mis fuerzas, respiré profundo. Me pareció que su voz murmuraba algo dulce y el dolor desgarrado de mis entrañas me quemó para ensordecerme de todo.

Cada embestida estremecía mi carne. Mis lágrimas se debatían las razones que tenían para brotar. En mi cabeza daban vueltas imágenes narcóticas que me drogaban el dolor y me hacían sentir que daba vueltas en aquella habitación. Temblaban mis piernas. Sentí que mi humedad desapareció de pronto. Que el ardor era martirio y que transcurrían horas con pie de plomo. Las imágenes de mi cabeza poco a poco me devolvieron el morbo, el gusto, las ganas.

Sus gemidos crueles y dulces al mismo tiempo, me devolvieron a la realidad. Yo estaba allí, de pie, inclinada sobre aquella esquina de la cama, con las piernas temblando tanto que apenas podía sostenerme, con un frío infernal recorriéndome la médula espinal, aferrada a aquellas sábanas tan fuertemente que mis manos me dolían. Con los pantalones colgando de mis rodillas. Con el culo desnudo y expuesto al mundo. Sintiendo unas caderas hirvientes danzando sobre mí. Unas manos tomándome de la cintura con la fuerza que yo necesitaba para soportarlo. Un hombre clavándome desde atrás y haciéndome mujer. Recuperé la humedad de mi sexo y cuando quise romper mi silencio, una mano amordazó mi boca y la otra se aferró con fuerza a mis caderas para regalarme los gemidos ahogados de las embestidas más violentas de aquel encuentro, para finalmente, sentir aquel cuerpo, jadeante y sudado, abrazarse a mí y desplomarse en mi espalda mientras su semen comenzaba a descender quemándome la entrepierna.

Me ayudó a recostarme con una delicadeza que no se correspondía con lo que acababa de suceder. Puso música. Se recostó a mi lado. Me dio un beso dulce y escaso. Me abrazó en silencio. No se habló más.

Cuántos más vendrían! Cuantas veces más se repetirían! Aquel momento es uno de los recuerdos más excitantes que conservo. No hay como la primera vez.



{Septiembre 7, 2006}   Tócame que me matas
Los besos cada vez se hicieron más intensos. Atrás quedaron pronto, aquellos en la mejilla y poco a poco se fueron acercando a la boca. Una vez allí, nunca más fueron iguales. Aquellos labios, cada vez que se posaban en mi, me hacían sentir como si miles de mariposas rozaran mi piel con sus alas revoloteando a mi alrededor. Aquella boca me dio los besos más divinos que he recibido en mi vida, me hicieron exigente. Aquellos besos me llegaron hasta el alma, por nombrar solo lo sublime y me tocaron hasta el pliegue más virgen de mi cuerpo. Aquellos besos le abrieron todas mis puertas con un simple mordisquear de labios. Esos besos me volvieron loca. Me vuelven loca aún en el recuerdo. Y me obsesionaron con buscarlos en otras bocas donde, por cierto, no los he encontrado.

Sus besos fueron tan profundos, tan intensos, que los sentía en todo el cuerpo aunque besara solo mis labios.

Pasábamos horas besándonos. Literalmente horas. Él, llegaba a mi casa después de las 2 y se quedaba oculto en mi cuarto de adolescente hasta las 5 ó 6. Y qué hacíamos? Besarnos. Hablábamos un poco, escuchábamos Toto, Air Supplies, Chicago, Scorpion, Las Aguilas… Neil Diamond aún suena en mi mente, mientras su lengua exploraba mi vida con esos besos locos que a la final no tenían final.

Éramos masoquistas, inexpertos y cobardes. Enloquecíamos de ganas besándonos y no nos atrevíamos a llegar más allá. Pero era tan divino sentirnos así. Yo, por mi parte creía que en ese momento era capaz de cualquier cosa. Pero él no se atrevía a ir más allá y cuando mis caricias pasaban por debajo de su ropa, por su espalda, por su pecho y hacia su pantalón, se apartaba o me apartaba. Distraía su atención y la mía en otra cosa y poco después, volvíamos a empezar.

Así pasábamos la tarde. Estudiando. Estudiándonos, diría yo. Hasta las 5 o 6, cuando decidíamos a toda costa apartarnos, porque llegaban mis padres. Él se levantaba, ponía la camisa dejándosela por fuera, para cubrir lo que yo deseaba y sus ganas. Se despedía. Se iba.

No sé y nunca quise averiguar, adónde iba después. No quiero ni imaginarlo. Pero, yo, me quedaba allí. Ardiendo en mi misma. Con las piernas inundadas de los jugos que él no bebía. Con mi sexo latiendo más fuerte que mi corazón. Con las ganas ahogándome e hirviendo en deseo. Con los ojos cerrados soñando ser revolcada en aquellos abrazos y clavada mil veces por aquellas ganas de saborear y conocer por fin, en qué terminaba todo aquello. Me quedaba allí, repitiendo, murmurando lo mismo que le susurraba a él, momentos antes, entre besos, labios y lengua… Suplicando…

Tócame que me matas!



{Agosto 29, 2006}   Caricias de Salón
Las primeras caricias van pasando poco a poco de tomarnos de la mano o abrazarnos, a tocarnos más allá. Sin contar las veces que ensayamos tocándonos nosotros mismos. Particularmente pasaba horas encerrada en mi cuarto tocándome y explorándome desde muy pequeña. En aquellos juegos con Noly, también intercambiábamos caricias que, particularmente, no surtían ningún efecto pues nos tocábamos de manera apresurada y torpe.

Las primeras caricias que recuerdo con una gran carga sexual, sucedieron en el primer año de la secundaria y tampoco vinieron de algún noviecillo. Mi salón de clases estaba dotado con pupitres modulares donde el escritorio de uno derivaba en el espaldar y asiento del pupitre de adelante. Con esta ventaja, nadie podía ver lo que hacías o guardabas debajo de la tapa de tu escritorio.

Aquel día me senté en la última fila de la columna del medio, formada por tres pupitres unidos. A mi lado izquierdo, Franklin y a mi lado derecho, Jesús.

Prestábamos atención a lo que explicaban en clase, tanto que no recuerdo qué clase era! Sólo recuerdo que de pronto sentí la mano de Franklin posarse en mi rodilla izquierda, tibia e inmóvil. Mi corazón se estremeció, porque él era mi mejor amigo y “amor platónico”. Aquella mano en mi rodilla se juntó al cariño que nos unía y mi mano bajó discretamente a posarse sobre la de él como un gesto de aprobación.

Minutos después, la mano de Jesús se posó en mi rodilla derecha. Sentí su calidez y me quedé paralizada disfrutándola. No pensé en nada más, ni desvié mi mirada del profesor en ningún momento, excepto para mirar de vez en cuando mi cuaderno como si tomara algún apunte, mientras él dictaba una clase que yo nunca recordaría y en mi mente quedaban grabadas las caricias leves y suaves que mis “compañeros” dibujaban en mis piernas.

Aquel par de manos resbalaban subiendo y bajando, desde mis rodillas hasta la parte media de mis muslos, bajo mi falda, tímidamente y despacio. Sentía que por donde pasaban una y otra vez, iba encendiéndose mi temperatura. Sólo acariciaban la cara superior de mis muslos y aún así la sensación que me propiciaban era intensa. Me provocaban un morbo descontrolado mientras miraba al profesor y me sentía rodeada por veinte compañeros más, que ignoraban lo que sucedía bajo mi mesa, bajo mi falda, en mi sexo.

A medida que la clase avanzaba, las manos de mis compañeros avanzaban con ella. Las caricias se extendían desde mis rodillas, suave y lentamente subían un poco más arriba y comenzaban un descenso enloquecedor hacia la cara interna de mis muslos para bajar nuevamente a mis rodillas e iniciar el ascenso, esta vez desde la cara interna de mis muslos, hacia la externa, y volvían a bajar.

En un momento la mano de Jesús se detuvo muy cerca de mi sexo. Sentía su calor y podía jurar que él percibía mi humedad y mis latidos. Me susurró al oído si podía ir más allá. Con la respiración entrecortada y la voz ahogada por la excitación murmuré que no, tras recordarle brevemente que podíamos ser descubiertos. Aún así, las caricias continuaron y mi tortura se prolongó hasta el final de la clase.

Cuando el profe se levantó de su asiento recogimos los cuadernos y los libros sin movernos de los nuestros. Los otros amigos que conformaban nuestro grupo se acercaron a nosotros y se sentaron en los pupitres aledaños para comentar la clase, mientras nosotros tres, aprovechábamos para distraer nuestra excitación y aplacar los demonios que nos provocaban lo que acabábamos de hacer.

Nunca se habló ni media palabra de aquel momento entre nosotros y nunca más, a pesar de que nos volvimos a sentar juntos en varias oportunidades, se repitieron aquellas caricias. Pero una cosa si es cierta y es que, al menos yo, nunca olvidaré las sensaciones que experimenté aquel día. Mi sexo latiendo y el calor asfixiante de mi cuerpo al sentir las manos de aquellos dos chicos maravillosos. Ese recuerdo daría vida, el resto de mi vida, a una de mis fantasías más recurrentes. Fantasía, que ya adulta, pude hacer realidad y que contaré en otra oportunidad.

Que vivan las caricias bajo la mesa y los momentos sexys que surgen espontáneamente, porque esos son los mejores!



{Agosto 18, 2006}   Primer novio = Primer amor?

No necesariamente. Al menos no en mi caso. Mi precocidad me condujo a tener mi primer novio “por curiosidad”. Se llamaba Francisco y ambos teníamos entonces unos doce años. Si. Fue el mismo año en que sucedió mi primer beso. Me quedé con tantas ganas de más que no podía esperar a que el año siguiente mi primo volviera de vacaciones.

Pero no fue sino hasta los catorce, con Carlos, cuando realmente sentí algo diferente que se consumó a los dieciséis con mi primera relación sexual y luego se confirmó y consolidó para siempre como mi “primer amor” a los diecinueve cuando lo perdí. Ahora bien, resumiendo:

Primer beso = primer novio? No. En el primer caso éramos solo unas niñas probando y en el segundo, éramos solo primos, fue solo una vez y además él vivía lejos y no estaba dispuesta a esperar todo un año para volver a besar.

Primer novio = primer amor? Tampoco. Las ganas de probar, de experimentar y de crecer, podían más que cualquier otra cosa. Aunque todos juraron estar enamorados, a mí solo me interesaba tener un “novio”, no enamorarme.

Primer amor = primera vez? Sí. Al menos en mi caso fue lo “sentía” mi corazón, lo que provocó que mis neuronas se dejaran vencer por mis hormonas y cuando Carlos apareció cambiaron muchas cosas, aunque no por mucho tiempo, porque ha sido el único hombre al que le fui completamente fiel hasta que terminamos. Ese es mi record: Una sola infidelidad en cinco años de relaciones. Desde entonces, nunca más he sido fiel.

Antes de ese “primer amor” fui muy “noviera”, es decir, tenía muchos admiradores, con todos compartía como panas, nada era en serio excepto a la hora de besar. Entonces si me besé y besuqueé con más de uno. Buscaba el beso perfecto y con apenas un poco más de una década de edad disfrutaba mi sexo latir y encenderse en el momento.

Cuando besaba, recordaba todos besos anteriores y las bocas que había probado antes, eso me excitaba aún más y le añadía al beso el divino sabor de lo prohibido que lo hacía más exquisito para mí. Ya no era sólo la excitación de sentir una boca húmeda, una lengua explorando entre mis labios, una respiración sofocándome y un cuerpo ajeno queriendo invadirme más y más. Deseaba que pasara de allí, pero me excitaba más que no sucediera. Era demasiado placentero hacer lo que “no debía” siendo tan chama y teniendo conciencia de que “me estaba portando mal”.

Se ponía mejor cuando besando a uno pensaba en los otros con los que me había “lateado”. Me gustaba el papel de chica mala y me gustaba portarme mal. Sobre todo cuando después del besuqueo, venían aplausos y presentaciones de la estudiante más brillante, las felicitaciones de mis profesores por mis alcances y la envidia del resto de las niñas que se imaginaban pero no lo creían, que me envidiaban pero se ruborizaban al pensarlo y no se atrevían siquiera a preguntarme o a comprobarlo. Quién podía sospechar qué había detrás de la “niña buena”?

Aún es así… Pero ahora, lo disfruto más.



{Agosto 9, 2006}   Empecemos por el primer beso


Bien. Haciendo memoria me doy cuenta de que siempre mi instinto sexual estuvo bien desarrollado y despierto. De niños todos buscamos experimentar nuestra sexualidad desde bien temprano, sin embargo, algunos nos atrevemos a ir más allá. Nunca fui una niña de juegos “normales”. En mis juegos de muñecas nunca era la mamá o la hijita. Mis historias eran adultas, con carrera, problemas en el trabajo y todo aquello. Cuidaba además los detalles de la vida de pareja de mis personajes. Un día, de tantos, mi amiguita Noly fue a jugar conmigo, como todas las tardes. Llevó su Ken y su Barbie (pues yo no tenía) y nos metimos a mi habitación como siempre. Cerramos la puerta para evitar interrupciones e iniciamos nuestro juego. Pero ese día fue un juego distinto. Jugábamos y conversábamos acerca de nuestra pareja Ken y Barbie. No recuerdo quien hacía cual papel, pero inventamos una historia de amor entre ellos. Hacíamos que se besaran, que se abrazaran y hablábamos respecto a lo que suponíamos que “sentían”.

De pronto nos encontramos frente a frente. Muy cerca. Queriendo descubrir cómo era y qué se sentía besar. No podíamos esperar a “ser mayores” y decidimos probarlo. Nos miramos, respiramos profundo, contuvimos la respiración y juntamos nuestros labios. Cerrados. Muy cerrados. Sólo nos frotamos los labios, presionando unos contra otros. Nos separamos. Nos miramos y recuerdo haberle dicho: – No se siente nada. Nos encogimos de hombros y seguimos probando, experimentando si abrazándonos sentiríamos distinto. Poníamos en práctica lo que solíamos observar en los adultos, en la tele o en alguna revista. Recuerdo que estuvimos toda la tarde probando cuanta cosa se nos ocurría y en la medida en que transcurría el tiempo, me era más difícil dejar de hacerlo. Los detalles, no los recuerdo. Sería demasiado. Además, creo que mi mente borró lo grotesco y guardó sólo la parte dulce, como suele ocurrir, al fin y al cabo éramos dos niñas, teníamos apenas unos 7 ú 8 años.

Con el tiempo llegó el primer amor. Para entonces tenía unos 12 años. El estaba de vacaciones. Era mi primo. Lejano, pero primo. Me llevaba un año. De tanto jugar y rozar surgió el chispazo y de pronto ya no pensaba más que él. Aquella noche nos despedíamos hasta la mañana siguiente y a mi me parecía una eternidad. Por primera vez alguien se acercaba a mí para despedirse con un beso (fuera de mi familia, claro). Yo me petrifiqué al sentir el calor de su cuerpo invadiéndome y de pronto, al cerrar instintivamente los ojos, asustada y temblando de emoción al mismo tiempo, lo sentí. Sentí sus labios posarse sobre los míos. Sentí que las manos se me helaban. Sentí que me temblaban las piernas y una llama me encendía la espalda. Sentí que me faltaba el aire y que todo a mi alrededor había desaparecido. Recordé a Noly y perdí la noción de todo. No sé ni cuánto duró. Pero si recuerdo que sus labios eran lo más suave que había sentido alguna vez. Fue dulce, como suele recordarse el primer beso. Pero hablando de realidades debo decir que si bien aquello fue instintivo, fue y sigue siendo uno de mis “top kisses”. No recuerdo lengua de más o de menos, ni saliva de más o de menos, ni aliento más rico que aquel.

Besos han ido y venido. Besar para mí es lo máximo. Es una de las armas más poderosas del mundo, humanamente hablando. Con un beso enamoras, unes, ilusionas, resucitas, despiertas y construyes. Con un beso decepcionas, separas, traicionas, matas y destrozas a cualquiera.

Particularmente, beso. Beso para bien y beso para mal. El beso es mi estrategia más efectiva. He besado ya no sé a cuánt@s, ni cuántas veces. Y beso como aprendí. Lento y suave según la ocasión. Fuerte y apasionadamente si es lo justo. Eso sí. Cuido la humedad y la intensidad según el momento, según el deseo, según la persona. No me gustan los besos babosos, ni los besos sin picante y cuido mi aliento y el de quien esté conmigo, porque desde el beso busco la perfección del sexo. El beso es determinante para mí a la hora de decidir si me acuesto con alguien o no. Por eso le doy tanta importancia.

Es curioso que mi primer beso haya sido un beso lésbico. Y es curioso también que el beso más excitante que he recibido, lo recibí de una mujer. Pero eso es material para otro cuento. Por lo pronto, les dejo con las mismas ganas de besar que yo tengo ahora, dejándoles este ejercicio, léelo cuidadosamente y luego ponlo en práctica:

Inhala profundo… Visualiza tu boca… Siente la calidez en ella… La humedad en ella… Exhala lentamente y toma aire otra vez… Despacio… Cierra los ojos y repite al menos dos veces más esta respiración, al mismo ritmo… Imagina y siente tu boca… Y esa boca que deseas… Siente que se acerca… Que te calienta… Que te toca… Que se posa sobre tus labios… Que te besa… Siente esa humedad, la calidez y el aliento… Respira profundamente y abre los ojos lentamente… Poco a poco… Despacio…

Sentirás un pequeño mareo… así son mis besos de polvo.



Pues, así es.

Al menos es así como venimos sentenciados. Sin embargo está en las manos de cada quién saber qué hacer con el barro del que fuimos hechos para transformarnos en una hermosa pieza de exhibición (un jarrón, una escultura, por ejemplo) o también en una pieza utilitaria (alguna bandeja o cazuela)… Sin embargo no podemos dejar de mencionar aquellos que deciden ser sólo polvo del camino, ese que la brisa arrastra y lleva ensuciándolo todo o cegando los ojos de quien disfruta, de cara viento del mundo que le rodea.

Particularmente he tomado el polvo del que vengo y lo he disfrutado al máximo, consciente de que en eso, finalmente, quedaré convertida de nuevo. Ahora lo comparto porque el polvo de mi camino es solo polvo si decido guardarlo sólo para mí. Sin embargo, considero importante dejar por sentado en esta pequeña presentación:

  • Que lo relatado aquí obedece estrictamente a hechos de mi vida real.
  • Que sólo cambio u omito en algunos casos los nombres de terceras personas involucradas por proteger su intimidad, más que la mía (y porque me da fastidio pedirles permiso a los que aún contacto), pero que no con todos cumpliré esta regla, así que algunos nombres serán reales y otros no… intente Usted averiguar si desea cuáles son cuáles.
  • Y por último, que los lugares descritos aunque no especifican ubicaciones exactas, ciertamente existen. Los que pueda, los recomendaré, si es el caso.
  • Este blog está dirigidos tanto a hombres como mujeres… de ambos sexos (jejeje) sin distingos de ningún tipo pues “Cuando el amor es limpio y puro no importa edad ni sexo”. Eso sí… preferiblemente dedicado a adultos pues soy una adulta y ya tengo suficiente en qué hacerme cargo, como para tener que echarme a cuestas además la infancia de otros.

Por último, bienvenidos a mí y espero ser bienvenida a ustedes.

Mujer de Polvo



etcétera